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Piedra en seco

El viajero que se adentra por las tierras altas del interior del norte castellonense y zonas próximas de la provincia de Teruel, descubrirá un paisaje singular. Pronto caerá en cuál es la característica diferencial: la piedra en seco. Construcciones de piedra seco hay a toda la cuenca mediterránea y en muchos otros lugares, pero aquí tienen una personalidad propia: unas formas, unos elementos y sobre todo una abundancia que constituyen un paisaje diferente.

Es bien conocida la necesidad que el hombre ha tenido a lo largo del tiempo de hacer muros que le permitieran ganar terreno para el cultivo de terrenos en zonas con grandes pendientes que no tenían aprovechamiento agrícola. De hecho, aún hoy se utiliza esta técnica para algunos cultivos como los cítricos.

La abundancia de piedra que aflora en la superficie, reduciendo a la mínima expresión la presencia del suelo fértil, ha obligado a lo largo de la historia a los habitantes de estas zonas a llevar a cabo costosos trabajos para incrementar la superficie cultivable.

Era necesario llevar a cabo un proceso de separación de la tierra (el bien más preciado) de la piedra, que se podría considerar como un producto maldito que era necesario almacenar en las proximidades: paredes, paredones, casetas, pedreras… Es así como nace nuestro paisaje. Un paisaje más que humanizado, construido. Piedra sobre piedra han ido apareciendo a lo largo de los siglos kilómetros y kilómetros de paredes, centenares o más bien miles de casetas o barracas cubiertas con falsas bóvedas, cerradas, caletxes, pozos, balsas; toda una serie de elementos que fueron convirtiendo en el suelo útil aquellos pedregales.

El hombre se convierte así en el principal artífice del paisaje, sin destruirlo. Su acción refuerza la diversidad y estética. La norma del buen paredador dice que toda piedra debe estar encima de dos piedras y debe tener otras dos encima.

Paco Miralles, con su cámara, ha sabido captar el encanto de este paisaje de piedra en seco. Son lugares y elementos constructivos que vemos a diario, pero que nosotros mismos nos quedamos boquiabiertos en reencontrarlos después de haber pasado por el objetivo de su cámara fotográfica.

Los muros

1.jpg Los de abancalamiento tienen un solo paramento exterior y tienen por finalidad retener la tierra de cultivo en los terrenos con pendiente. En ocasiones son todo un prodigio técnico por la gran cantidad del suelo que aguantan. Una ligera inclinación hacia el interior, la meticulosidad al poner las piedras interiores y su condición de permeables al agua son claves para su estabilidad.
Cuando no aguanta tierra el muro tiene dos paramentos vistos y los llamamos paredes. Delimitan fincas cultivadas entre ellas y las cierran respecto a los azagadores, caminos y caletxes, dificultando así los movimientos incontrolados del ganado

Las porteras

2.jpg De nada servirían las paredes que cierran las fincas sin unas porteras de acceso que puedan permitir cerrar. Las porteras de madera de enebro son uno de los elementos que han dado personalidad al nuestro paisaje. Giran sobre uno de sus montantes que queda afirmado por la gorronera, piedra de grandes dimensiones, con un agujero que destaca del resto del esquinazo.

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